Casi antimadridista

arturo vidal barcelona 2018

El de Arturo Vidal por el Barcelona sí es un fichaje de un futbolista necesario. Lo dijo Éric Abidal en la presentación del chileno y, la verdad, hay poco que cuestionar al francés más allá de que haya vuelto al equipo donde lo maltrataron cuando menos lo necesitaba, vamos a creer que por hacerle un desaire a algo tan dudoso como el rencor. Recordó vagamente a cuando, sólo un año antes, su predecesor en el cargo de secretario técnico, Roberto Fernández, se propuso convencer a los medios de que Paulinho cubría igualmente los requisitos que el Barcelona esperaba de un Marco Verratti que no pudieron fichar. Semanas después, cuando un gol de Paulinho resolvió un partido indecente del Barcelona en Getafe, los oficialistas culés, que los hay, masticaron clavos para decidir si le tiraban a la racanería del equipo, que fue constante, o al que sugería los fichajes. Un doblete después, están fuera los dos y además no parece que las prestaciones de Paulinho se quedaran únicamente en lo futbolístico, habida cuenta del curioso montaje financiero alrededor de su vuelta a China. No era necesario, sino diferente. Y todos, salvo Roberto Fernández, ganaron con el thriller.

Este es otro toque en común con la firma de un Arturo Vidal bicampeón de América ante Leo Messi y por historia moderna uno de los todocampistas más territoriales del fútbol mundial: que el Bayern de Múnich, por boca del Barcelona, haya preferido mantener en el anonimato las cifras reales de la operación. El Bayern, que da detalles hasta cuando vuelve a casa y para el que Arturo Vidal ha sido siempre un futbolista valiosísimo para competir en la alta y cara Champions League contra equipos vivos por la tensión que supone no tener sus ligas ganadas en octubre. En todo caso, virutas del otro fútbol -el que no huele a cuero y césped recién cortado- y anécdotas sin valor ni para los editorialistas ni para el cuarto poder. Hay algo más. Esa necesidad que Abidal reclamaba para el Barcelona es una necesidad sensata: la de terminar a las bravas y de una vez por todas con una letanía penosa que condicionaba al equipo en momentos de angustia, que no es otra que la de la geometría, el alud horizontal y el fútbol del portero también juega. Contra los espacios seguros de los teóricos que desactivan los comentarios de sus homilías para no enfrentarse a la disidencia.

Arturo Vidal tiene control, temperamento, toque y no huye del balón. No es Paulinho. Pero si el Barcelona dice necesitarlo no es precisamente para que juegue a exquisitos y delicados rondos de leyenda con Rakitic y Busquets en partidos arreglados por Messi o Suárez. Es una cosechadora de odio con cuchillas de primera, afiladas artesanalmente con sus propios dientes antes de cada partido. Uno de los futbolistas más irritantes de enfrentar porque a su bravuconería -sobradamente conocida y bastante evidente por lo que el propio jugador se empeña en aparentar- añade una concepción antinatural del juego, que es la de distorsionar con balón, pues posee una nerviosa aunque frecuentemente acertada visión integral del juego: sabe qué hace falta -y qué falta hacer- a cada momento. Lo tiene todo menos pausa, que fue la herencia que acabó con la idea primigenia de Gerardo Martino, la que apresó los resultados incontestables de Luis Enrique y también la que exigió cintura de avispa a Ernesto Valverde desde el principio. Suerte para Valverde que perder de vista a Neymar le facilitara, de algún modo, renunciar al vértigo a cambio, eso sí, del temido -y práctico- conservadurismo.

Pero sobre todo lo glosado pesa la condición sine qua non para la aceptación de Arturo Vidal en Barcelona: no puede ni ver al Real Madrid. Lo más probable es que esto venga refrendado por el trastorno del 4-2 en el Bernabéu que en el imaginario rival fue un partido de los que se llaman injustos por no decir algo más genérico (él lo llamó robo). Esa noche Vidal fue expulsado, a poco del final, por una segunda amarilla para la que no escatimó en probabilidades, tramando en su mente una victoria sí o sí de su propia narrativa: si no lo echaban, podía seguir segando con impunidad. Ayudando a su equipo. Si lo echaban, podía escudarse en el árbitro, Viktor Kassai, que completó la peor actuación individual de su carrera y que tardó media hora en tomar la decisión de dejar al Bayern con diez. Vidal asistió al hattrick de Cristiano ya como espectador, como cuando conectó en la grada de un Bayern-Sevilla que no jugó con el desenlace del Real Madrid-Juventus de la pasada Champions, encrespado por el penalti de Benatia sobre Lucas Vázquez. Vidal no será antimadridista -lo negó en su presentación, donde más fácil lo tenía para salir del armario-, pero casi. Y del mejor tipo: del que aborrece deportivamente.


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