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Bodas de sangre


Lo peor de la dicha es que caduca: puede prolongarse y de hecho suele, pero estar vivo también significa renunciar a lo lineal. El Real Madrid de Zidane visitó Sevilla por segunda vez en cuatro días -tercera en once- y al final el ímpetu andaluz -y un tanto de flojera visitante- rompió el particular y leído cántaro, aflojando la racha de imbatibilidad del madridismo. En la previa, justo entre los fuegos artificiales y los desafíos, durante un viaje macerado en el desequilibrado debate sobre la sedación de la manada días atrás, saltó a los medios elegidos la noticia de que Zidane había encontrado otro rizo para su colección de triunfal novato y devolvía a Sampaoli el 3-5-2, naturalizando a Carvajal y Marcelo de extremos multifunción y apostando decididamente por tres de los mejores centrales que rinden en Europa en estos momentos. El responsable sevillista en cambio recató sus fantasías y sí alineó líneas más convencionales, lo que abrió el abanico de posibilidades y añadió atractivo neto al partido. Se percibe que entre Zidane y Sampaoli coge rubor la épica de una nueva rivalidad, como lo fueran antes la de Ancelotti contra Simeone, la de Mourinho contra Guardiola o la que actualmente libran Luis Enrique y Barcelona entre sí. Por lo tanto en el Pizjuán sólo debía verse fútbol esta vez -como la anterior-, pero sin brillos que distrajeran del espectáculo. Y así fue, a costa del último gran récord del Real Madrid.

Con Cristiano al frente -un Cristiano, ya es costumbre, a espasmos y preocupantemente improductivo en jugadas de alta tensión-, el Real Madrid retrasó la estrategia hasta el centro del campo, donde Casemiro cumplió un año más frente a un doppelgänger monstruoso -Nzonzi- que le devolvía cada corte con una gotita de sangre. La lucha entre ambos durante toda la primera mitad ha sido de lo más notorio que ha cedido el deporte a la opinión pública en este 2017, un ritual salvaje de entradas a ras de suelo, saltos sin codos, distribución (mejor el francés, que jugaba con Iborra de red) y solidaridad. Por un momento pareció que simplemente estaban peloteando en el techo de un rascacielos en Doha, hasta que empezaron a mostrarse sus complementos: Franco Vázquez de un lado y Modric de otro, extensiones hábiles de un juego más depurado. Hasta el descanso, funcionó el mano a mano entre los dos técnicos aunque el Pizjuán pidiera cabezas con razón. El Madrid, prácticamente con uno menos durante todo el partido por selectiva incomparecencia de Cristiano, cocinó despacio sus opciones, que llegaron en la reanudación. Carvajal y Marcelo, acostumbrados a las alturas, no desentonaron arriba pero luego les sobrevino el vértigo del repliegue y acabaron eliminados de la fórmula. Gracias a Sampaoli.

La presión de los interiores sobre los jugadores que debían sacar el balón en el Real Madrid solapó el sobrio hacer visitante con arrancadas individuales cada vez más sonadas: en una de estas, Rico derribó suavemente a Carvajal y el juez corrió al punto de penalti. Ramos exhaló una nube de alivio al comprobar que sobre el césped seguía el ejecutor normal, que marcó su gol y adelantó al Real Madrid. A tramos, los de Zidane parecían insuperables: los centrales jugaban la distancia debida, los tres del centro eran uno que cubría todo el ancho y Nzonzi se apagaba. Además, los carrileros noveles rasgaban cada vez más papel. Pero fue un preludio catastrófico: en una nunca inocente falta lateral, Ramos regaló al sevillismo su particular 92:48 con un autogol que maldijo anticipándose a la guasa. Ni siquiera hubo tiempo para reprenderle: faltaban los minutos más largos. Los minutos de zona muerta, de irresponsabilidad: Zidane, que sólo había hecho un cambio, no reaccionó y prefirió no tocar nada, dejar correr el tiempo que siempre corre, no incordiarse. Así, en el añadido, Carvajal no llegó a un balón en banda, Benzema perdió suelo y a la contra, Jovetic sorprendió a un irreconocible Navas que había regalado el palo largo a la destreza del montenegrino, veremos si alegría o defunción en España -pinta lo primero-. Con el madridismo postizo decidido a rodear el Congreso, Zidane pisó cariacontecido la sala de prensa, guardó todos los balones sin tirar uno solo fuera y sedujo a los portadistas. Si se pierde, es de recibo que sea así: ante uno mejor plantado que haga más que tú por ganar. Qué menos.

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