Bellas Durmientes: La última guerra de sexos

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«Aquí hay niños varones, sí, pero serán distintos. Les enseñaremos a ser distintos (…) Este mundo será bueno». La ácida distopía temporal que Stephen King y su hijo Owen King -tercer novelista de la familia- trabajan en Sleeping Beauties (Bellas Durmientes, Plaza & Janés, 2018) está diseñada para entrar por la boca del micromachismo y anidar entre sus ojos, en un rincón inoperable. Toda la novela discurre los agradecidos mecanismos de la parodia, aunque siendo como es Stephen King un reconocido activista anti Trump -icono sexista del mundo moderno que se abre, violento y condicionado, a la historia- no es arriesgado imaginar que soñaba con vaciarse en este libro como se vaciaría cualquiera donde sabe que no le ven. Los King, al contrario, son valientes imaginando esa interrupción global sin mujeres en mitad de una plaga -con participaciones bíblicas ya muy familiares en la bibliografía del autor- que les sirve para desollar la contante distancia entre lo inaceptable (digamos el grab them by the pussy) y lo que quedaría a interpretación, como por ejemplo los desenfadados halagos. Bellas Durmientes parece un libro escrito por y para el feminismo adulto familiar, colectivo al que Stephen King ya dirigiera unas palabras enfáticas cuando en 2013 valoró 50 Sombras de Grey como «una ficción de carga sexual para mujeres de entre 18 y 25 años» y no el «porno para mamás» que le atribuían. Sobre todo son líneas de condescendencia y reconocimiento, tan significativas que a menudo distraen del comentado disparate que el libro ofrece en sí como historia.

La sospecha sobre su oportuna ubicuidad flota en que los derechos para producir una serie de televisión inspirada en la novela se compraran casi un año antes de su lanzamiento. No hay mejor mundo que este para reivindicar a las mujeres en un territorio de hombres que no saben planchar. Y esto es literal, al comienzo del libro: «Yo tuve un vestido de fiesta (…) Mi marido lo quemó con la plancha (…) nadie le había enseñado a planchar. La mayoría de los hombres nunca aprende». Bellas Durmientes cuenta la llegada a un pueblo remoto de una desconcertante y violenta -pero justa- heroína, Evie Black, de ascendencia sobrenatural dispuesta a ayudar con la epidemia que arrasa el mundo y que invalida a las mujeres cuando se duermen, quedando envueltas en capullos de un material inflamable. Durante el sueño, todas las mujeres viajan a una particular Arcadia sin hombres que las obstruyan. Allí, todas ellas pueden ser lo que soñaron y construir de cero una sociedad sin los peligros apabullantes del heteropatriarcado. Tardan poco en cansarse de eso. Y en el mundo real, son los hombres que han perdido a mujeres, madres e hijas los que tienen en su poder negociar con la protagonista, encerrada en una cárcel, para regresar al punto ideal pero desequilibrado de la siempre nutritiva guerra de sexos sostenida. Todo esto adornado con los peligros habituales del hombre contra el hombre, pues otros muchos deciden destruir y pedir las explicaciones a su manera a la forastera. Por si no fuera lo suficientemente mordaz, hay un pasaje metafórico transparente: «¿Quiénes creéis que limpian el campo de batalla cuando cesa el fuego?».

Abundan en el libro los lemas de este calado cuasi feminista, frases cortas y digestivas de reivindicación, como eslóganes apropiados para conectar, sobre todo, con la lectora. La inmensa alegoría que recorre todas sus páginas está evidentemente diseñada para un nicho muy concreto, lo que coarta su digestión. Pero es Stephen King y aunque el padre fundador de la gran novela de terror americana también se equivoca, sobre Bellas Durmientes subyace más que otra cosa la potente originalidad de una propuesta oportuna que cae de pie y que, para variar, se consume con una ligereza astral. También que esta sea su primera obra escrita junto a su hijo. Está dedicada, por cierto, a Sandra Bland, cuya muerte noqueó a Estados Unidos en verano de 2015. Las mujeres de King son siempre personajes de complejidad matemática (de Jessie Burlingame a Annie Wilkes, pasando por Carrie White o Dolores Claiborne), y todas son Evie Black, la matriarca de Bellas Durmientes, corresponsal del caos y la destrucción del mundo conocido, que ampara sus miedos y deseos en un siglo confuso incluso para los cánones: «En esos tiempos de la informática, ni siquiera podías piropear a una mujer». Esta reflexión, por cierto, la pone King en boca del menos escrupuloso de los varones del libro, asesinado a sangre nada fría. Cuando las mujeres, después del éxtasis inicial de verse independientes y libres, también estudian la manera de recuperar la normalidad, sobrevuela las páginas uno de sus corolarios preferidos: «Hombres. Por lo visto, no había forma de escapar de ellos».


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