CRBale

Bale y Leverkühn


No hubo mejor tuitero que Adrián Leverkühn. En realidad utilizaba el fútbol para captar nuestra atención, atraparnos y hacernos reflexionar sobre las cosas verdaderamente importantes de la vida, pero dejó para el recuerdo algunas ideas impagables respecto al juego que se hicieron añicos el día que, sin despedirse -como hacen los grandes-, abandonó esta red social para quedar para siempre en la memoria de los privilegiados que le pudimos disfrutar.

Decía Leverkhün, y hablo de memoria, que existen tres tipos de futbolistas. Unos solo tratan de instalarse en un orden, se ciñen a desarrollar lo que dice el entrenador y no se salen de las directrices marcadas por el modelo de juego. La versión más extrema de esta tipología de jugador la criticó duramente Dennis Bergkamp en su autobiografía ‘Stillness and speed‘, refiriéndose a la manera en que la academia del Ajax -en la que él mismo se forjó como jugador- formaba a sus jugadores: “A los niños se les da todo hecho. Son recogidos de la escuela por microbuses, la comida está ahí, la enseñanza está ahí… Todo. ‘Okey chicos, vamos a calentar. Dad dos vueltas al campo ahora. Okey, ahora vamos a hacer esto, ahora vamos a hacer lo otro’. ¿Cómo pueden desarrollarse por sí mismo si todo se lo damos hecho? Nosotros (el Ajax) tenemos jugadores en el primer equipo que han llegado del filial y son utilizados para hacer cosas determinadas en un estilo determinado. Y tan pronto como sucede algo diferente: ‘¡Oh, no. No sé qué hacer!’ Y miran al banquillo para que les digan qué deben hacer”.

En las antípodas de este grupo están los jugadores anárquicos que en su día entendieron el fútbol como un deporte individual y al adaptarse a la realidad a veces, incluso, el equipo les lastra a ellos o ellos lastran al equipo. Futbolistas tan capaces de reinar en el caos sin que su equipo les dé nada como de hacer chirriar la mejor orquesta posible. Ibrahimovic estuvo en este grupo durante gran parte de su carrera y quizá sea el representante de más talento dentro de dicho colectivo.

La teoría cierra con un tercer modelo de futbolista que abarca los dos grupos anteriores: el jugador que conoce el modelo de juego y está integrado en él, pero a la vez tiene esa creatividad, ese abanico de recursos para salirse del patrón (regate, disparo, asociaciones vertiginosas que rompen la última línea, etc.). Los mejores jugadores de este grupo son los que vemos decidir las últimas rondas de Champions año tras año y que no tienen prácticamente precio de mercado. Son a la vez potenciadores de la idea de juego y bestias individuales. La élite de este colectivo es escasa, por eso ha sido un acontecimiento espectacular que hayan coincidido en la Eurocopa dos de estos integrantes en su máximo esplendor de inspiración. No sorprende porque Bale y Griezmann son dos tipos de fíar que han dado recorrido fuera de sus clubes a lo que venían demostrando en ellos, pero su manera de liderar dos selecciones tan distintas ha dejado un poso que ayudará a renovar perspectivas.

Quizá esté cerca el día en el que el juego diga que Bale es el número 1 del Madrid y el club y Cristiano deberán estar preparados

De la misma manera que el Barcelona y el juego dejaron claro que Messi era el número 1 y que Suárez y Neymar debían hacer por entenderse con él para potenciarse y salir beneficiados, quizá esté cerca el día -si no ha llegado ya- en el que el juego diga que Bale es el número 1 del Madrid, y el club y Cristiano deberán estar preparados. El número 1 del ahora, por supuesto: cualquier monumento sería pequeño para resaltar la dimensión de lo que es Cristiano en la historia del Madrid. La plenitud de Bale ha dejado una trascendencia global en el juego del Madrid a la que Cristiano no llega, algo que está por encima del número de goles, diferencia que por cierto se suavizaría bastante si fuera el galés y no el portugués el que ejecutara penaltis y faltas.

La convivencia y el rendimiento colectivo es más fácil de explotar cuando los roles se adecuan a la realidad. La cuesta abajo de Cristiano será lenta: es demasiado bueno como para no seguir viviendo de aplastar a los débiles y de marcar las diferencias ante los grandes de vez en cuando a fogonazos de talento. Esperar a que caiga del todo para que ceda el cetro de mando sería hipotecar la plenitud de un jugador bestial del que buena parte de su margen de mejora pasa por darle ese reconocimiento de líder.

En este contexto, sería un alarde de madurez encomiable que Cristiano asumiera un rol no secundario sino complementario, desde donde podría gozar de una vejez más cómoda que le permitiera jugar con la misma ambición pero con un grado menos de esa responsabilidad excesiva -que rompe en ansiedad más de una vez- que le lleva a seguir tirando faltas -en contra del interés competitivo del equipo-, a jugarse lanzamientos de 30 metros cuando el momento pide elaboración o a buscar jugadas propias del Cristiano que ya no existe, porque su potencia en carrera ya no es la de un extraterrestre. Ya no es como la de Gareth Bale.


Foto: goal.com

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