Algún amor que no mate


Cuando las paradas de Keylor Navas rozaban lo inverosímil y la prensa de Madrid, malacostumbrada ya a lo mundano, ejercía su derecho a preguntar, el tico aludía siempre a lo sobrenatural primero. Como Kaká cuando cabalgaba con el último gran Milan. «I belong to Jesus», escribió el brasileño con rotulador en una camiseta interior blanca, irónico atisbo de su existencia terrenal a pesar de todo. La época en el Real Madrid así lo confirmó a posteriori. Cuando Kaká perdió la tilde, ya consumada su travesía por el desierto de Padre Damián, optó por el éxodo, peregrinó a la tierra de Beckham, deshizo su prístino matrimonio y hasta se dejó crecer la barba. Keylor resiste todavía las múltiples tentaciones que los micrófonos y el opio del pueblo ponen a su alcance, pero ya ha mirado directamente a las pupilas de su Dios. Después de una temporada colosal en la que el madridismo canturreó feliz unos versos espontáneos «¡Qué bueno es / volver a jugar con portero!», el costarricense pasó por el quirófano, sacrificando la Copa América para reencontrarse a tiempo con su felicidad. Pese a todo, la religión es imperfecta, tanto o más que el hombre: propone respuestas y también enseña a pescar. Pero su alcance es limitado. Keylor lo siente: como hombre de fe casi inquebrantable, fue humilde en la salud, protector de la ética original del trabajo. Pero en la enfermedad, en las primeras dudas del madridismo, en la caducidad rápida de su acción y su categoría, ha sido el primero en desesperarse.

Se dice que errar es humano, pero se dice igual que se saluda a un indeseable por cortesía: errar va bastante más allá de lo humano, si es que el determinismo cruza también estas líneas. Cada acción tiene su consecuencia, qué decir de cada inacción. Di Stéfano fue muy claro cuando con el último portero de su primera etapa en Valencia (1970): «No le pido que ataje las que van dentro, me basta con que no meta las que van fuera». Errores, fallos catastróficos muy puntuales de Keylor han costado puntos y trasiego de lamentaciones esta temporada a un Real Madrid que sigue en el alambre, un Real Madrid fuerte pero escéptico, guiado por un Zidane de números difíciles de cuestionar. ¿Y cuál es el estado espiritual del escéptico? La desesperación, culmina Stephen King en su especialmente deliciosa obra homónima del 96. La misma razón -léase motivo- que llevó a Kaká a entregarse a su Dios en una camiseta interior podría llevar a Keylor a someter esa presión por el puesto a un estado de nerviosismo inusual. Esta temporada ha encajado ya 37 goles, bastantes más de los 31 de la pasada y casi los mismos que en su última temporada en el Levante (40). Fruslerías fuera, ha pasado de ídolo primero de la parroquia a sospechoso número dos no sólo por cuándo yerra, sino por todas las veces que falla y que parece dirigirse al cielo con ojos vacíos de esperanza, como rendido. Sospecha que su ciclo, aun corto, podría tocar a su fin si siguen aleteando a lo lejos, enriqueciendo vientos de incertidumbre, las sombras de De Gea o de Courtois. Sabe que todo acaba, que es otra enseñanza del cristianismo. La extremeña Dulce Chacón le puso letra a este letargo en ‘Algún amor que no mate’: «Triste se acostaba y triste se levantaba sin saber para qué». Cualquier foto junto a la Undécima se lo recordará.


Foto de portada: ibtimes.co.uk

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