2017: El pacto renovado

Cristiano Ronaldo Zidane

Cada día de la semana, varias veces, en especial los domingos, se repite la misma escena en todos los lugares donde hay una iglesia católica, un sacerdote y aunque sea un creyente: el cura bendice el pan y el vino, ruega a Dios y levanta el cáliz musitando la letanía más vieja del mundo. Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía. Procede entonces a dar la comunión a los fieles que haya en el templo, puesto que ese es el trato, el acuerdo tácito entre Dios y quien cree en él. En la eucaristía se renueva diariamente el compromiso del devoto, igual que en cada partido se reproduce la misma liturgia entre el hincha y su equipo. Es un rito aprendido con el tiempo y el ejemplo. No hay otra manera, nadie lo ha explicado. Cada equipo tiene sus propios sacramentos: los hay que se conforman con llenar el estadio de lazos amarillos, puesto que su reino tampoco es de este mundo. El Madrid, en cambio, es un club muy terrenal. Por lo tanto sus fieles necesitan otra transubstanciación, otra suerte de milagro que convierta lo espiritual en algo que se pueda tocar: la hostia debe ser de algún metal, y que venga acompañada de papelillos dorados y champán. Es lo que firmaron Bernabéu y Di Stéfano en los años 50 sobre los sueños de los madridistas que estaban por nacer. Es lo que el Madrid de Zidane ha cumplido en 2017.

El mejor año natural del Real Madrid desde 1958 ha terminado con una cruel derrota ante el adversario odiado y temido. Messi y su Barcelona, paradigma de todas las pesadillas del madridista, llegaron en vísperas de Navidad para recordarle al hincha que a pesar de todas las bendiciones también existen la incertidumbre y la muerte. Como el que le susurraba a los emperadores romanos memento mori, Messi está puesto en el mundo para que el Madrid no olvide el olor y el sabor del invierno. Hacía una semana que contra el Gremio, el Madrid de Zidane completó un viaje salvaje por los límites del fútbol que comenzó, así son las cosas, en Barcelona, un día de abril del año 2016. Cuando apenas contaba tres meses en el cargo, Zidane demostró en el Camp Nou que estaba a la altura del reto; año y medio después de aquello afronta el desafío de convivir con la fragilidad y triunfar de ella. Eso significan los 14 puntos de desventaja que le saca Valverde a su equipo y el 0-3 del Bernabéu, tercera victoria barcelonista seguida en Liga en Chamartín.

Sergio Ramos Champions League final 2017

Dos Copas de Europa, una Liga, dos Mundialitos, dos Supercopas de Europa y una de España en dos años naturales es un botín inaudito. Cuando Zidane asumió el cargo de entrenador del Real Madrid no tenía experiencia alguna como técnico de Primera División, ni siquiera de Segunda. No en vano, ni le había ganado a La Roda. Los éxitos de su Madrid podrían hacer pensar al observador distante que su trabajo ha ordenado el universo madridista con un efecto terapéutico y renovador, aquietando aguas y aunando voluntades. Seguramente sea así dentro del vestuario (ninguno gana lo que han ganado ellos sin parecer una familia) pero 2017 ha sido un año de guerra sin cuartel en los márgenes del coloso, allí donde se debate con furia hasta el mismo derecho a existir de la institución. Lo que prueba que quizá el estado de guerra sea el propio y connatural del madridismo, en el que equipo y club sacan lo mejor que llevan dentro.

Quizá el estado de guerra sea el propio y connatural del madridismo, en que equipo y club sacan lo mejor que llevan dentro

Si esto es así, 2017 acaba con augurios magníficos. Los cinco títulos ganados a lo largo del año pueden considerarse el prólogo de la crisis a la que aboca el Blitz azulgrana sobre el Bernabéu del día 23 de diciembre. Hasta el mismo mes de mayo los principales periódicos españoles, editados en Madrid, deportivos y no deportivos, cuestionaban la continuidad de Zidane. Poco después el equipo remasterizó la final de Glasgow de 1960 pero ante la Juventus, también en Gran Bretaña, pero en color y en Gales. El embrujo duró hasta principios de septiembre.

Sin embargo, más allá de la catarsis con la que termina, 2017 ha resultado un año excepcional para el Madrid y el madridismo. Sólo el Celta de Vigo logró eliminarlo de una competición en curso, la Copa del Rey, especie de kryptonita para un equipo que, aunque poca gente lo sepa, es el que más finales ha jugado -y perdido- de esa competición. El garbanzo negro de la leyenda, como la Recopa de Europa, pero con la dramática particularidad de poder añadir cada año un nuevo acto a la tragedia, debido a su condición de título doméstico. El Celta está en la lista, junto a Sevilla, Valencia, Atlético de Madrid, Betis, Girona, Tottenham y Barcelona, de los únicos equipos que han hecho entregar la cuchara al equipo de Zidane a lo largo de 90 minutos: sólo ha repetido el Barcelona, pero porque Messi es siempre el ogro de la última pantalla del juego madridista. Sólo una final de la Copa de Europa contra él puede ya redimir tanto castigo acumulado a lo largo de una década que, no obstante, ha redefinido los límites del propio club y renovado litúrgicamente la percepción que de sí mismo tiene el madridista. Nada pasa en balde.

Marcelo Sergio Ramos

Entre terribles estertores mediáticos y el clamor incesante de una opinión pública atormentada por periodistas de cámara y bufones youtuberos, el Madrid de Zidane desarrolló a lo largo de 2017 toda una teoría de la competitividad: aparentaba estar siempre a punto de sucumbir, sobrevivía cada fin de semana en Liga a base de trucos cada vez más agónicos, pero aplastó de seguido a Nápoles, Bayern y Atlético de Madrid en una serie de eliminatorias europeas que quedarán para siempre como ejemplo de cómo la grandeza adviene al mundo y se hace carne. Todos los valores del fútbol antiguo, la jerarquía, la autoridad natural, el talento individual perfeccionado por la determinación colectiva, y un Cristiano Ronaldo transformado en Leviatán, reventaron el molde y llevaron al Madrid, otra vez, hasta el mismo umbral de la Historia. Lo que el equipo allí de morado le hizo a la Juventus en Cardiff, en 45 minutos de museo, se contará a los nietos del mañana como a mí me contaron mis mayores lo que era el Madrid de Di Stéfano.

Zidane gestionó una plantilla única en la Historia del fútbol, con tanta amplitud como la del océano. Silenció a sus críticos con varias modificaciones tácticas que hacen intuir detrás de él la influencia de la escuela italiana, de Lippi y Ancelotti, y sus años de aprendizaje en Turín, cuando el auge del calcio. Sobre todo, su mérito principal fue convertir la caseta en un búnker apoyándose en varios líderes carismáticos: el mejor capitán de la era moderna del Madrid, Sergio Ramos, Luka Modric, a quien se le respeta de manera intuitiva como se respeta al sabio, al hombre inteligente; Marcelo y Casemiro, la argamasa anímica de la plantilla, y Ronaldo, que como Aquiles, está nimbado por la fe de sus compañeros de que es capaz de cualquier cosa. El fútbol moderno, el fútbol de Guardiola y Mourinho, del que beben ahora Klopp y la legión de entrenadores de autor, el fútbol Big Data, niega la influencia que tienen los acontecimientos en sí mismos y la dinámica personal, absolutamente humana, que se genera dentro de un vestuario. El corolario de ese fútbol es un juego protagonizado por robots sin sentimientos ni capacidad analítica propia cuyos movimientos están programados de ante mano por sus entrenadores, movimientos basados en proyecciones logarítmicas cien por cien fiables. El Madrid de Zidane ha sido, durante este 2017, la desmitificación de todo esto.

Sólo una institución como el Real Madrid puede acabar el mejor año de su historia con el fuego ardiéndole en las venas

Haced esto en conmemoración mía, les dijo Jesucristo a sus discípulos cuando consagró el pan y el vino durante la última cena. El legado de Bernabéu y Di Stéfano en Madrid dice que con audacia, serenidad y gallardía no se le pierde jamás la cara a la Historia; que así, incluso, puede uno surfearla, llegando más lejos que ninguno. Zidane, último eslabón de esa cadena de próceres bautizados con agua del río Jordán, entendió desde su primer día en el Real de qué modo respira y siente una institución que aunque a veces no parezca humana por su insaciable sed de dominio universal, no es más que la suma infinita de voluntades agregadas, voluntades dispares y multiformes sólo unidas por el deseo de ganar y por una hidalguía que trasciende eso tan temporal que es el resultado. Sólo una institución como el Real Madrid puede acabar el mejor año de su historia con el fuego ardiéndole en las venas, deseando que el mundo se trague ya el turrón y las uvas para citarse de nuevo con él en una pradera verde. Huérfana de identidades políticas, de mensajes celestiales y de causas propagandísticas, la casa de Chamartín sólo conoce un modo de deshacerse del tufo cadavérico que trae cada derrota: salir a cazar bisontes, más fuertes, más grandes, cada vez más lejos. Que el balón eche a correr otra vez y que los rivales tengan de nuevo la certeza de que no hay modo de terminar del todo con esos lunáticos que van de blanco echando espuma por la boca.

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