Y no era su liga

En España amparamos y ofrecemos cobijo moral a los perdedores que se levantan derrotados de la cama y asumen sus limitaciones hasta un límite cerrado del que no hay vuelta atrás: les arropamos despacito para no levantarles la fina piel de su susceptibilidad competitiva y les decimos que tranquilos, que también hay un lugar en la historia para ellos, los vencidos en horizontal, los tardíos y tranquilos figurantes de la rutina. Y no es verdad. Estorban, son molestos. Aburren. Pergeñan un ejemplo ruinoso a seguir, el del inmovilismo y el horriblemente digerido realismo que muta en dadaísmo puro en la cerámica del retrete, al que sin embargo sobreponemos capas gruesas de halagos vacíos de contenido y de intención. Cuando en España un equipo de fútbol poco menos que se deja ganar saliendo según palabras de sus entrenadores y capitanes a divertirse y ver qué se puede hacer, aplaudimos sus corazones nobles, su redonda humildad, los llamamos campechanos y sugerimos títulos a las hinchadas editoriales deportivas en los que siempre han de ir la palabra sueño y la palabra pueblo. Pero la vida no la viven los dispuestos a ganar sino los dispuestos a perder, de ahí que las frustraciones sean algo inevitable, inherente a la propia existencia, terreno vasto y fecundo para la evolución. De ahí que la gesta del Leicester City ganando la Premier en Inglaterra la tomemos en España como bendita excepción de una lluvia de casualidades y no como consecuencia del trabajo, el rigor, la constancia y la búsqueda incesante de la suerte del campeón que otros esperan que les llegue manoseando el miembro del rival hasta que les escupe en la boca y pueden entonces intercambiarse la camiseta con él. Mira hijo, le dicen los perdedores a los perdedores más pequeños que dejan en tierra cuando se van: ahí está todo lo que no gané y ahí, las palmadas que me dieron por presentarme de rodillas a las fiestas de los grandes. Lo del Leicester es algo bruto, pero ni habla bien de la Premier ni habla mucho menos bien del fútbol inglés: sólo habla bien del Leicester y de la condición humana que entre nuestras fronteras escapa al elogio y se disfraza en ciclos de solsticio concéntricos de desaforada ineptitud vital. En otras palabras, no es ejemplo ni ensoñación: es garrote vil y decepción.

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