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Se puede saber mucho de una persona por cómo pide el café y cómo lo toma, que aunque a simple vista sean dos cosas totalmente distintas e independientes, conforman en definitiva una única conclusión. Así, se puede pedir un café solo o un iced latte con Baileys de doble shot y leche de soja en el mismo idioma pero nunca con la misma cara. Si bien en el primer caso observaremos en el cliente un tono de vida cetrino e infeliz, sometido a la velocidad y la descomposición, en el segundo caso es probable que estemos ante una víctima de la contracultura que sobrepaga por la diferenciación, temblando entre los panales de la compostura urbana. Luego está el tema de que te lo entiendan. En Madrid, por ejemplo, muy pocos sitios asumen lo del café cortado doble de café. Y el que lo conoce, te lo cobra más caro. Bien está. Algunos de los mejores cafés de la capital se sirven en tazas ridículas, más caros incluso que el periódico. Así, sostener la vida y la información le sale a cada uno por un porcentaje respetable del sueldo, el que lo tenga; pero son caprichos que no estamos dispuestos a regañar. Sin embargo hay algo que une a baristas, camareros y depositarios del euro y pico: la voluntad de relacionarse. Existe otra manera de pedir un café, por suerte minoritaria, que edifica justo lo contrario: desunir, pendenciar, construir odio y malestar en torno a la cotidianidad, siempre con un marcado componente político –cuando no de incomparecencia intelectual- que actúa de pararrayos de las inexactitudes mentales propias. A través de esos estrechos márgenes de la vergüenza ajena cuelan algunos su gilipollez con un filtro totalitarista sorprendentemente aplaudido en la España del cambio que diferencia, al final, a la gente normal de la gente que está un poco al margen de ser tenida, en cualquiera de los aspectos de su vida, por razonable, normal o lógica. De ahí vendrá, digo, ese regusto ácido y oscuro por el sufragio censitario que la última victoria de la democracia ha revelado contra el sistema de los que no quieren hacerse entender para mantener en secreto su idiocia.

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