maq12

Estábamos hablando de ti

Le dejamos crecer y creció.
Léba Tunngamt y Shilton Banks comparten silencio a la espera del crepúsculo en un lugar donde no deberían estar. Les acecha, con insistencia desde que huyeron, las fuerzas del único diabólico incunable. Ninguno de los dos leva el tono sobre el débil lamento del verano de Lille, donde se turnan para hacer guardia.
-Despertamos a destiempo y ya vivíamos encerrados.
Banks camina hacia la licorera y se sirve lo que queda en una botella vieja en un vaso de vidrio, tentado de romper el equilibrio de la quietud en la sala. Podía dejar su vida en lo indómito del destino acelerar el proceso con la magia del alcohol agrio. Nada de lo vivido habría tenido sentido en ninguno de los dos casos.
-Pero rodaba. Juro que se deslizaba, fluía. Al principio no había otra cosa. ¿Cuándo empezó esto? No nos reconozco en esta dictadura.
-Empezó con el hombre. Es de justicia, acaso poética, que termine también en él.
-Pero no somos hombres, somos leyendas.
-Hace tiempo que los dioses también se queman al sol. Se nos ha desprovisto de futilidad, dejemos que nos lleven también.
Banks reacciona y alcanza otro vaso, en el que reparte lo que se había servido para él. Lo acerca a su compañero y brindan, alejados de sí mismos. Hay un punto cercano a la muerte en el que los pensamientos salen de los cuerpos y levitan en un grado distinto y lejano. Los médicos modernos le ponían nombre a todas estas cosas, pero tampoco quedan ya médicos. La invasión de la esquizofrenia había acabado por resarcirse. Y como quiera que ya no quedan cuerdos en los estándares conocidos por el hombre, la supervivencia en la que se ha convertido la existencia no es sino una carrera contra uno mismo. Una veloz introspectiva bajo la vigilancia de la esfera. Murmullos, de alienación, a la vuelta de una eliminatoria.
-Fueron las matemáticas. Las matemáticas intoxicaron el carácter.
Léba siempre se sobresaltaba en este debate.
-Las letras desconsideraron la realidad. La ciencia es exacta hasta donde la conocimos. La prosa la desnudó. La hizo vulnerable.
-Dimos otra dimensión- terció Banks –a lo que nos atenazaba. Lo vendimos. Lo hicimos global. Lo compraron y atestamos los arcones. Sin atisbo de codicia: supimos ascender.
-Y descendimos luego.
-El balón siempre baja. Y te domina.
-Recuerda cuando lo anularon. Primero el balón. Luego el marco. Después el sentimiento. Ya no podíamos hablar, ni expresarnos. Ni posicionarnos. La homogeneidad palpitante de este infierno acabó con el espíritu del deporte.
-Del fútbol.
-Bueno. De lo que creíamos que era fútbol.
Chocaron de nuevo los vasos con cuidado y sorbieron, a la vez, como si en lugar de rezongar en páginas de la historia siguieran entrenando en el barro cada día. Según caía por sus gargantas la droga legal, un quejido de madera antigua destapó un halo de luz polvorienta, que fue abriéndose hacia ellos. La única puerta de la habitación crujió como el esqueleto de un animal en el desierto y a través entró, cuidadoso, el último balón sobre la tierra, que perseguía desde la cuarta guerra del fútbol a todos los que lo agrandaron. Léba exhaló su último suspiro. Banks, ceremonioso, tomó la palabra antes de que el cuero les alcanzara.
-Estábamos hablando de ti.

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