España para los españoles

Una vez hemos descubierto al Piqué nacionalista crecido bajo la patria del odio templado, toca advertir a toro pasado de la España que nadie quiere, que es, parece, la España de Diego Costa. El futbolista que renunció, dicen que cena mediante, a su Brasil en Brasil a cambio de un puesto a toda costa en un país en ruinas, cuyo estertor de victoria resuena como la vecina loca que nunca pudo ser cantante: un jugador útil y necesario en tiempos de cambio, pero malogrado y arrinconado en el rol de tuno aprendiz, de pelotero aquiescente hecho a la rutina, tan desperdiciado que hasta él mismo reconoce su mejor partido en el último, un compás mediocre contra Macedonia a cuya fealdad manifiesta contribuyeron todos por igual como se contribuye al regalo en común de un amigo o compañero de trabajo -¿qué es trabajo?- que no soportas. Decía el otro día que el problema de España no era Costa, sino España; y me refería fundamentalmente a la nula cintura decisiva de todos cuantos controlan los procesos. Por razones obvias, Costa debe ir a la selección: no tengo tan claro, en vistas de la inexistente predisposición al cambio, que deba ser el titular innegociable de la delantera en un equipo sumido en una nostalgia balompédica inerte que en este país apenas encuentra eco en las librerías antiguas de las calles viciadas. Ni juegan para él ni él sabe jugar a lo que le piden. Es como un virgen en una bacanal coprófaga. No lo entiende, ni le ayudan. Y cuando lo ayudan, lo hacen como ayudaría Manolo Lama a un indigente: enfrentándole a su posición. Del Bosque no da su brazo a torcer y mientras naufraga la opción del nueve más válida que tenía la España pre Brasil 2014, emergen de entre las sombras cantos extraños que reclaman la españolidad al nueve (Morata, Alcácer, Negredo, hasta Torres he llegado a escuchar) y juegan con bolas chinas a inconcebibles malabares pseudoracistas que nunca han ido con los análisis de contraportada. Me recuerda al chiste en el que uno dice “España, para los españoles” y contesta el otro muy acertado: “¡Eso, que se jodan!”.

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