El caballero oscuro

El caballero oscuro

Llevábamos dos semanas de primavera y Asier Illarramendi regresaba a casa. Repudiado todo el rato por quienes fueron sus aficionados, fue titular junto a Luka Modric y Xabi Alonso ante el brillante centrocampismo manierista de Arrasate. Sin afectar en ningún momento la repulsa tangible del entorno de Anoeta que le rodeaba, el 24 empujó de naranja a la red un regalo de Claudio Bravo que reventaría el incómodo cero a cero que atenazaba al Madrid de Bale. Apenas recorrió un par de metros hasta que Ramos saltó a su grupa a darle la enhorabuena. Quizá fue la única vez que se vio a Illarra contento, o al menos seguro de sí mismo merced a la decisión que había tomado en verano de 2013 de cambiar San Sebastián por el despiadado trajín madrileño. Al hogar siempre hay camino de vuelta. La reencarnación del Xabi que se dejó escapar se desangró por varias heridas hasta que hubo que darle muerte. Quieto, lento, turbio, impreciso y miedoso, no dio siquiera el perfil de jugador útil desde el banquillo en sus dos temporadas bajo las órdenes de Ancelotti, que probó todo lo que pudo antes que darle la titularidad, caramelo que le tiraba cuando había menos en juego o cuando, como en el caso de aquel gustazo en Anoeta, presumía que jugaría tanto el corazón como la implacable madurez de un campeón, aquella que le hizo sobresalir el año de su ascensión. Fue tan especial su traspaso que es el único de la historia del fútbol moderno al que suman el IVA. El mismo Ramos que fue a felicitarle por romper el humo del odio le vendió en Dortmund cuando, entre todas las opciones, le envió a él un balón que el motriqués también debió gestionar mejor. Pero lo perdió, fruto de un desconocido exceso de confianza, y el Madrid sufrió camino a la Décima hasta que salió Casemiro a hacer lo que tenía que hacer. Aquella noche murió para siempre la carrera de Asier en Madrid. El día que marchó Xabi Alonso, su espejo maldito, corrieron ríos de debate; pero a Illarra lo olvidaron entre todos antes de desaparecer.

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