Ecce Homo

Una vez explosionó en España el fenómeno freak Pokemon Go –freak es esa palabra que licenciamos para designar lo desconocido, como en una mínima expresión de xenofobia particularmente aceptada-, las cabezas pensantes más rápidas del país encontraron vía de negocio y se pusieron manos a la obra ofreciéndose a jugadores descarriados para entrenarles los muñecos o directamente ir a buscárselos. Gente que te recoge en su coche y te lleva a cazar al Pokemon, que te los recolecta con tu propio móvil mientras hace running, cosas así. Existen. Salió un Steve Jobs a cada esquina y a este país maravilloso seguimos negándole esa imperiosa oportunidad de hacer dinero de cada tontería, porque queda mejor en pantalla el drama de los adolescentes que se van al extranjero a colgar selfis en Facebook con el Tower Bridge detrás. Cuando más sonrientes, peor. El caso es que nos jode que se nos adelanten y piensen mejor que nosotros los que sobrepasan algunos límites. Y puede que ocurriera, digo, con la restauradora internacional del Ecce Homo de Borja (Zaragoza), obra que este mes de agosto cumple cuatro años. Cecilia Giménez, que destrozó la original sin valor ni trascendencia algunos, echó a su pueblo de cinco mil habitantes a los telediarios, multiplicó sus visitantes, empezó en definitiva a sacar rendimiento contante de una chapuza a ojos del mundo. Y fue tal la proeza que, aunque muchos no lo recuerden, acabó dando las campanadas de la Nochevieja de 2012 en uno de esos canales relegados en el cosmos TDT. Para todos, en cambio, Cecilia Giménez no ha sido nunca una visionaria, no ha cambiado el mundo más allá de Borja: de la misma manera que los avispados emprendedores Pokemon son para el grueso gavilla de inadaptados sin interés en una ocupación remunerada real y útil, dicho sea de paso, para su país. Lo cual me hace pensar que quizá en nuestra línea delgada de trabajo representativo, o hemos levantado demasiado a otros que pensaron cosas similares, o es que sencillamente no soportamos ver triunfar a los nuestros a través del error. Quién sabe, quizá a Cecilia lo único que le salvara de entrar en la historia haya sido no posar acariciándose el mentón con un humilde jersey de cuello vuelto cubriéndole el pescuezo por el que cualquiera se habría querido cambiar al menos durante un rato. Aunque fuera para entender sus razones.

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